viernes, 25 de mayo de 2012

Tarde comprendí que no eras para mí.



Es un gran montón de mierda. Un enorme cúmulo de nadas. La cabeza llena de recuerdos que me parece impensable que no te torturen por las noches como a mí: Los abrazos en el mar, los besos de sal, todas las vueltas, aquel paraguas en tu brazo resguardándome de la tormenta, las calles de esta ciudad que ahora me pesan, imaginándome a tu lado en cada esquina, en cada piedra que pisamos, en cada bar que descubrimos juntos. Todo lo turbio, lo dulce, lo íntimo.
Lo mas lejos, a tu lado.Me cuesta recordar la última vez que fui feliz, lo que sentía al tenerte, la certeza de que no ibas a huir sin importar la guerra previa. Nos creía fuertes, construcción eterna con cimientos que ni el viento podría llevarse. Vivo negándome que te has ido, que no quieras volver a oír mis pasos cortos con tus zancadas largas, mis carcajadas en el autobús.
El último momento que me hace aferrarme a todo esto tiene sonido de ascensor, tu beso, la desesperación, quince llamadas perdidas, la esperanza absurda que aún guardo. A pesar de todo paso cuatro veces al día por delante de tu puerta, esperando no volver a verte y al mismo tiempo girando la cabeza hacia tu portal. En todas estas semanas no nos hemos chocado por la calle y tengo que romperme con tus faros marrones de frente en esa calle un sábado. Apretar los puños, repetirme mentalmente "no te gires, no corras hacia él, no le abraces, no supliques". Girar la esquina y secarme las lágrimas que no sé si alguna vez podré volver a contener.

No hay comentarios:

Publicar un comentario